19 may 2011

La última batalla


Llevamos incontables días desde que salimos de la gran fortaleza oscura. Las sombras del infierno saben que huimos. Olfatearon nuestras pisadas y no descansarán hasta sumir nuestras vidas y al mundo entero bajo su tiranía.

No podemos solo huir, así que tomamos una decisión.

Ya no mirarán más nuestras espaldas, llegó el momento de enfrentar nuestros miedos más profundos. Decidimos olvidarnos que somos forajidos y temerosos, para asumir por amor a los nuestros y por esa Luz insondable que nos dio libertad, que el mundo no merece ahogarse en este pozo cenagoso.

La última batalla en el umbrío valle de la indignación se desató sin piedad. Caían los valientes, traspasados, aplastados, muertos, humillados y sin sepultura, comida de perros y buitres.

Creímos por un momento que moriríamos, nos despedíamos ya de la vida, asumiendo nuestra derrota, nuestra total fragilidad. Pero no podíamos rendirnos sin estar seguro de dar hasta el último golpe. Y lo dimos, nos resistimos a la posibilidad de dejar todo en manos tan perversas. Seguimos adelante en nombre de los que más amábamos y en honor de todos aquellos que quedaron atrás.

Las legiones se apiñaron como búfalos furiosos, nos maldijeron con oscuras palabras. Sus armas fueron forjadas en el reino de los que inaceptablemente aceptan venderse para seguir promoviendo la muerte. Nuestras armas se volvieron a levantar de entre las montañas sagradas, donde la vida de los frágiles se defiende aún con la propia sangre.

Sin tregua, sin concesiones, sin emplazamientos de paz, sin compasión, estas sombras deben retroceder, pues nuestros hijos se merecen algo mejor.

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